viernes 23 de julio de 2010
TEMPUS FUGIT
Tempus Fugit es el título de la serie de dibujos que estoy realizando para la expo que se inaugurará en MONTERREY (MÉXICO) el 1 de septiembre de éste año.
lunes 5 de abril de 2010
Castillos de aire
Solía hacer castillos en el aire. El suave viento los mecía entre los vaivenes y remolinos. Recuerdo el último. Desde allí podía ver nítido y claro, el horizonte, semejaba un espejismo maravilloso. Transcurrían los días cálidos, entre cielos y paisajes aéreos, entre soles y jardines creados, entre olmos, alerces y manzanos enanos.
Una mañana alegre, sin esperarlo llegaron. Cabalgaban el cielo intrépidos, cúmulos grises como el carbón, oscuros como la noche, apenas los sentí venir. Más como aquel que no quiere ver, la vista volví hacia el horizonte que se desdibujaba en la lejanía, hacia el azul celeste que amenazado retrocedía ante la masa etérea de negras hordas.
La congoja poco a poco me invadió. Mi castillo ya no ser veía hermoso, sus colores opacos se tornaban. Mientras yo en lucha interna. A entender me negaba.
Comenzó a llover, gotas grises de tristeza inmensa, escupidas por los cúmulos venían a estrellarse contra los muros de mi castillo. Y el ruído llegó, ensordecedor. Un bramido de dolor, una luz de raíces blancas, brillantes, inmensas. Descargó con rabia su fuerza sobre mis torres. Ya no podía escuchar, anegada por el estruendo implacable de semejante ejército. Corría desesperada. De una sala a otra escapaba. Mis torres desmoronándose. Desbastado mi jardín sucumbía. Bajo los golpes mis bellas flores vi morir, sus colores vivos tras balas de lluvia fusilante se apagaron.
Pedazos de mi castillo por doquier destruíanse, absorbidos con dolor por la materia gris. Con mis ojos abiertos ya. Pedazos. Polvo. Ruido. Frío. Angustia. Pavor. Sentí desfallecer, la vista perdí. Tiempo y espacio se diluyeron en el caos.
Cuando mis ojos abrí, en el aire nada quedaba. Rastrojos. Ruinas, sobre tierra abrasada y gris. Ya ruido no había, ya no dolor. Un silencio gélido. Horas. Días. Semanas. Meses. Tiempo vagué por campos yermos. Cuánto exhausta quería morir. Fue entonces. Entre piedras, guijarros y barro. Un débil brote, tímido por crecer apostaba. La luz del sol en la lejanía se dejó ver, difusa, temerosa, entre el ejército gris que en retirada se dispersaba.
Con mimo, con cuidado. Me agaché. Piedras, guijarros, del retoño alejé. Pasaron horas, días, semanas, meses. Creció tímido, pero con brío. Tras éste otro vino.
Ya más brotes en mi jardín anidan, nuevas flores saludables despuntan.
Ya castillos en el aire no construyo. Una modesta casita. Sólida, sobre tierra que ahora verde despunta. Entre benjamines árboles que mañana bosque ansían ser.
Del aire y mi castillo el recuerdo. Sus hermosos aéreos paisajes. La alegría de sus maravillosos días soñando horizontes y cielos. El jardín flotante de olivos, olmos, alerces y enanos manzanos.
Y la marca clara de una herida, cicatriz, que en días de tormenta en soledad solloza.
sábado 16 de enero de 2010
Este mes me han hecho un artículo en la web de ESQUIRE
http://www.esquire.es
y en el Blog de Arte también:
http://esquireartdepart.blogspot.com/
Gracias Clara.
Lula
y en el Blog de Arte también:
http://esquireartdepart.blogspot.com/
Gracias Clara.
Lula
miércoles 6 de enero de 2010
La Crónica del Día de Reyes y el Gato Suicida
A las 13.30 llega un sms a mi móvil procedente de Vueling compañía aérea, que dos días antes en el trayecto Vigo-Barcelona habían olvidado introducir mis dos maletas facturadas en el avión, informándome de que llegarían a lo largo del día.
Dispuesta a pasar el día libre esperando las ansiadas maletas, a las 14 h llaman al telefonillo, el cuál estropeado, permite abrir la puerta del edificio, pero no escuchar ni responder a quien llama. Después de repetidos intentos por ambas partes (yo arriba, alguien abajo), por abrir yo y picar en el telefonillo el de abajo, opto por asomarme a la ventana, desde el 5º piso y con balcones por medio no conseguí vislumbrar figura alguna en la acera, así que me decicí por bajar, suponiendo que quien llamaba retenía mis maletas en su poder.
Bajé las escaleras de dos en dos, prácticamente en pijama, y una bufanda enroscada en mi cuello, cuándo llegué abajo y me asomé a la acera desde la puerta, no había nadie, esperé un rato, suponiéndo que quién quiera que fuese quizás saliese de un coche cercano, pero no así fué. Volví a subir a mi piso, las escaleras otra vez de dos en dos. El móvil sonaba insistentemente. El maletero me decía que no había nadie en casa, yo le decía que sí estaba en casa, que le había abierto la puerta, y él volvió a insistir en que no había nadie en casa, en fin... después de un rifirrafe improducente me indica que lo espere abajo que él se niega a subir mis maletas a un 5º piso sin ascensor.
Vuelvo a bajar las escaleras de dos en dos, sigo en pijama, cada vez más despeinada, y con mi bufanda enroscada al cuello. Me asomé de nuevo a la acera, y al instante aparcó una monovolumen con mis maletas. Por fin, pensé.
Subí las maletas, esta vez las escaleras de una en una, abrí la puerta de mi piso. Milo, el gato que vive conmigo, que constantemente intenta escaparse de casa cada vez que dicha puerta se abre y habitualmente tengo que recoger del 6º piso (ya que en sus intentos por escapar y contra toda lógica en la huída nunca lo hace hacia el piso de abajo, sino hacia el de arriba), intentó huír como de costumbre, entre las maletas y mis piernas aplaqué su escape, a regañadientes, pues es un tocapelotas con el tema. Cerré la puerta y encaminé mis maletas hacia mi habitación, dónde tengo el armario con la ropa.
Tras algún que otro paseo por el piso deshaciendo los embalajes y colocando ropa y otros objetos aquí y allá llamo a Milo, pues rato llevaba sin dar señales. Milo, Milo, y Milo no aparece, busco aquí y allá, entre sofás, sillas, mesas, armarios y demás, y Milo no aparece... Dudé si en mi entrada con las maletas había conseguido salir, pero tras hacer memoria estaba casi segura de que no. Ante la duda pues de él ni rastro, ksalto a las escaleras del edificio, subo al 6º, lugar al que como he dicho acostumbra a llegar, ni rastro. Bajo nuevamente, las escaleras de dos en dos, por si acaso esta vez y contra todo pronóstico su fuga la encaminase rumbo al portal, llego abajo, y nada, ni rastro de Milo.
Abro la puerta, y me vuelvo a asomar, ya intranquila empiezo a llamarlo por la acera, entre los coches, en pijama, con mi bufanda al cuello, despeinada, y con zapatillas de esas que te hacen el pié enorme. Ni rastro de Milo. Me incorporo, y ante mi un coche con la luna abombada, hecha añicos, mi corazón comenzó a palpitar profusamente, parecia que un minicuerpo hubiese caído desde una altura considerable, miro hacia arriba, ni que decir que el coche se encontraba ubicado justo bajo mi ventana de quinto piso, que el capó delantero tenía pequeños fragmentos de cristal, lo que indicaba que el incidente había ocurrido allí mismo.
Volví mucho más nerviosa a buscar bajo los coches, y tras vueltas y vueltas, Miloooo!, Milooo! momentos de desesperación, incluso abrí los containers, por si alguien había tirado el cadáver, la del primero asomada siguiendo mis pasos, la gente mirándo curiosa...
otrora siguiendo todas las ruedas, coche por coche, un maullido débil, allí estaba Milo, bajo una rueda tres vehículos a la derecha, maullando trémulo.
Lo que siguió fué el taxi, con vaqueros, deportivas, la chaqueta y la bufanda todavía enroscada en mi cuello, veterinario de urgencias, radiografía, extracción de sangre y toqueteos varios.
Una contusión en los pulmones, ningún hueso roto, sugerían hospitalización a la que me negué, una dolorosa de 150 euros, y a casa.
Ahora duerme el cabrón, plácidamente, ha gastado una vida ya, si no se le han ido dos o tres con semejante golpe. Me toca observarlo, que no empeore, y mañana otra vez veterinario, para hacerle el seguimiento. Seguro otros 100 euros.
En fin. Espero que vuestro día de reyes haya sido más relajado que el mío.
Después de todo el mejor regalo que de reyes que he tenido ha sido encontrar a Milo y que no se cargase las siete vidas del tirón.
Dispuesta a pasar el día libre esperando las ansiadas maletas, a las 14 h llaman al telefonillo, el cuál estropeado, permite abrir la puerta del edificio, pero no escuchar ni responder a quien llama. Después de repetidos intentos por ambas partes (yo arriba, alguien abajo), por abrir yo y picar en el telefonillo el de abajo, opto por asomarme a la ventana, desde el 5º piso y con balcones por medio no conseguí vislumbrar figura alguna en la acera, así que me decicí por bajar, suponiendo que quien llamaba retenía mis maletas en su poder.
Bajé las escaleras de dos en dos, prácticamente en pijama, y una bufanda enroscada en mi cuello, cuándo llegué abajo y me asomé a la acera desde la puerta, no había nadie, esperé un rato, suponiéndo que quién quiera que fuese quizás saliese de un coche cercano, pero no así fué. Volví a subir a mi piso, las escaleras otra vez de dos en dos. El móvil sonaba insistentemente. El maletero me decía que no había nadie en casa, yo le decía que sí estaba en casa, que le había abierto la puerta, y él volvió a insistir en que no había nadie en casa, en fin... después de un rifirrafe improducente me indica que lo espere abajo que él se niega a subir mis maletas a un 5º piso sin ascensor.
Vuelvo a bajar las escaleras de dos en dos, sigo en pijama, cada vez más despeinada, y con mi bufanda enroscada al cuello. Me asomé de nuevo a la acera, y al instante aparcó una monovolumen con mis maletas. Por fin, pensé.
Subí las maletas, esta vez las escaleras de una en una, abrí la puerta de mi piso. Milo, el gato que vive conmigo, que constantemente intenta escaparse de casa cada vez que dicha puerta se abre y habitualmente tengo que recoger del 6º piso (ya que en sus intentos por escapar y contra toda lógica en la huída nunca lo hace hacia el piso de abajo, sino hacia el de arriba), intentó huír como de costumbre, entre las maletas y mis piernas aplaqué su escape, a regañadientes, pues es un tocapelotas con el tema. Cerré la puerta y encaminé mis maletas hacia mi habitación, dónde tengo el armario con la ropa.
Tras algún que otro paseo por el piso deshaciendo los embalajes y colocando ropa y otros objetos aquí y allá llamo a Milo, pues rato llevaba sin dar señales. Milo, Milo, y Milo no aparece, busco aquí y allá, entre sofás, sillas, mesas, armarios y demás, y Milo no aparece... Dudé si en mi entrada con las maletas había conseguido salir, pero tras hacer memoria estaba casi segura de que no. Ante la duda pues de él ni rastro, ksalto a las escaleras del edificio, subo al 6º, lugar al que como he dicho acostumbra a llegar, ni rastro. Bajo nuevamente, las escaleras de dos en dos, por si acaso esta vez y contra todo pronóstico su fuga la encaminase rumbo al portal, llego abajo, y nada, ni rastro de Milo.
Abro la puerta, y me vuelvo a asomar, ya intranquila empiezo a llamarlo por la acera, entre los coches, en pijama, con mi bufanda al cuello, despeinada, y con zapatillas de esas que te hacen el pié enorme. Ni rastro de Milo. Me incorporo, y ante mi un coche con la luna abombada, hecha añicos, mi corazón comenzó a palpitar profusamente, parecia que un minicuerpo hubiese caído desde una altura considerable, miro hacia arriba, ni que decir que el coche se encontraba ubicado justo bajo mi ventana de quinto piso, que el capó delantero tenía pequeños fragmentos de cristal, lo que indicaba que el incidente había ocurrido allí mismo.
Volví mucho más nerviosa a buscar bajo los coches, y tras vueltas y vueltas, Miloooo!, Milooo! momentos de desesperación, incluso abrí los containers, por si alguien había tirado el cadáver, la del primero asomada siguiendo mis pasos, la gente mirándo curiosa...
otrora siguiendo todas las ruedas, coche por coche, un maullido débil, allí estaba Milo, bajo una rueda tres vehículos a la derecha, maullando trémulo.
Lo que siguió fué el taxi, con vaqueros, deportivas, la chaqueta y la bufanda todavía enroscada en mi cuello, veterinario de urgencias, radiografía, extracción de sangre y toqueteos varios.
Una contusión en los pulmones, ningún hueso roto, sugerían hospitalización a la que me negué, una dolorosa de 150 euros, y a casa.
Ahora duerme el cabrón, plácidamente, ha gastado una vida ya, si no se le han ido dos o tres con semejante golpe. Me toca observarlo, que no empeore, y mañana otra vez veterinario, para hacerle el seguimiento. Seguro otros 100 euros.
En fin. Espero que vuestro día de reyes haya sido más relajado que el mío.
Después de todo el mejor regalo que de reyes que he tenido ha sido encontrar a Milo y que no se cargase las siete vidas del tirón.





