Desde esta ventana esas pequeñas luces, lejanas intermitentes, aparecen y desaparecen las cercanas. En el cristal mi reflejo, en un año largo el pelo. Casa sola de ciudad, habitáculo externo que reflejo del interno. Otra luz se desvanece, otra aparece. Monjüic en la lejanía, el silencio roto por un reloj de cocina. El dolor intermitente también de una mensual visitante. Temperatura agradable de principio de primavera. Un cigarro que se consume, que me consume. Pequeños cactus en el alfiz, viajeros de casa a cuestas, como yo, como la luna que ahora está.
¿Qué diría el Atlántico, océano de mis amores, si le contase que tras esta ventana, de quinto piso perspectiva abierta lo observo?. No veo edificios ya, cada mañana, cada amanecer, cada añochecer, sus tejados tórnanse agura revuelta de furias nórdicas, corrientes bravas del sur. Que los lindes de mi casa vuélvense rocas de aristas vivas, dónde sus aguas baten con fuerza. Que cada día sueño que surco aérea esa su llanura, vasta extensión marina, cuál albatro, con brazos extendidos viajo sobre sus crestas, aspiro su olor profundo, perfume de sal, de argazo que su rabia arranca. En sublime encuentro me reuno con él, mi fiel amante Atlántico, y es tal el gozo que siento, que aunque quisiese escapar imposible me sería, a la cita diaria, a la cita nocturna, que tamaño amante dicta.
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